It’s time to be immortal, ’cause heroes never die.
Yo fui uno de esos niños que entraron a la primaria de 5 años, gracias a la tenacidad de mis padres al lograr que me aceptaran de esa edad, ya que cumplía los 6 años en Septiembre. A los 8 años tuve mi primera clase de computación en la escuela, y mis padres otra vez preocupados por nuestra educación, nos compraron nuestra primera computadora: Una PC con MSDOS, sin disco duro todo tenía que ser cargado por medio de floppies cada vez que se encendía.
Sin embargo, cuando iba a mi clase de computación, las computadoras eran diferentes. Eran más pequeñas y tenían una colorida manzana mordida como logo. “¿Que computadora te tocó? ¿De la manzanita?” era una pregunta típica al entrar al laboratorio. Todos querían usar las Apple, y yo pasaba horas en el intérprete de Logo tratando de crear figuras interesantes, sin saber que realmente estaba aprendiendo a programar en un dialecto de Lisp. Y esa fue mi primera aproximación a Apple como compañía, y la última por mucho tiempo.
Nunca dejé de sentir curiosidad por las computadoras, y sabía de alguna manera que sea lo que fuere que quisiera hacer con mi vida, involucraría una computadora. Seguí por el mismo camino, observando como Apple se hiciera poco más que irrelevante. En el transcurso, mi interés se movía del mundo de Windows hacia alternativas mejores, que fue como descubrí GNU/Linux allá por el ‘97 o ‘98 en un Red Hat Linux en caja, la versión 5 si mal no recuerdo. Y seguí por ese camino, volteando a ver lo que sucedía en el mundo de las alternativas a Windows.
De pronto y sin mayor aviso (por lo menos a mi), comencé a ver una marea de productos provenientes de Cupertino. Lo primero que captó mi atención fueron las feas (para mi gusto) iMacs e iBooks con el mouse menos ergonómico de la historia. Unas venían con Mac OS 9, un sistema operativo inferior en todos los sentidos a mi querido GNU/Linux (sus “novedades” incluían una herramienta para actualizaciones del OS y soporte multiusuario, cuando GNU/Linux y especialmente Debian lo había tenído desde el día con con APT/Synaptic y su herencia de ser un clon de Unix), pero otras venían con algo nuevo que nunca había visto antes: OSX. Mi curiosidad era demasiada, y cada que me encontraba uno de estos cascos de motociclista de colores, tenía que detenerme a usarlas por un rato. Pero no era por el hardware, sino por el software.
Ya había yo tenido un “acercamiento” a lo que sería OS X, en la forma de Litestep y OpenStep. Antes de dar el salto definitivo a GNU/Linux, probé varios reemplazos para el shell de Windows al mismo tiempo que trataba de pasar el mayor rato posible en GNU/Linux. Uno de tantos reemplazos para el shell era Litestep, inspirado en AfterStep a su vez inspirado de NeXSTEP, el Papá de OS X. Pero OS X era una bestia completamente diferente: una interfaz gráfica con aceleración gráfica, transparencias, efectos de escritorio, todo muchísimo antes que cualquiera lo viera en el escritorio sino hasta varios años después. No solo eran efectos bonitos (bueno, algunos si), había otros que en realidad te ayudaban a ser más productivo (léase exposé). La nueva interfaz gráfica pegó fuerte, y sus efectos se sintieron en otros campos. Windows comenzó a tomar nota aunque reaccionó demasiado tarde, y no se diga la comunidad Open Source, que se pavoneaban con orgullo al salir Compiz (un manejador de ventanas que utiliza OpenGL para aceleración gráfica).
¿Yo? yo solo envidiaba a aquellos con una Mac, y no por la interfaz o por el OS, sino porque podían utilizar un aparato que yo realmente deseaba: un iPod. En aquel entonces una exclusiva para Macs. Es por estas fechas cuando sale el video de 50 Cent “P.I.M.P.” en donde el iPod primera generación recibe tanto tiempo de cámara como el artista. Cuando el iPod estuvo disponible con compatibilidad para Windows (y de manera extraoficial en GNU/Linux), fue cuando volví a usar algún producto de la manzana de manera diaria. Un iPod Nano, segunda generación. Nunca tocó iTunes, y el estilo pragmático de administrar la librería de música de Amarok y/o GTKPod hicieron que nunca extrañara a iTunes.
Siempre me ha gustado experimentar con diferentes sistemas operativos, lo cual me llevó a usar cuanta distribución de GNU/Linux me encontrara en mi camino, desde Red Hat y Mandrake hasta Linux From Scratch. Inclusive algunos BSDs como FreeBSD y NetBSD. Cuando Apple hiciera la transición hacia intel y salieron los primeros hackintosh, sabía que tenía que probarlo. En la maestría sobraban personas que gustan de los productos de Apple, lo cual hizo mi transición hacia OSX86 más sencilla.
Después ocurrió algo que lo cambiaría todo. Si bien el iPod fue toda una revelación, el iPhone cambió las reglas del juego en muchos niveles. Fue la primera vez que sentí lo que otros fanboys sentían con cuanto producto Apple salía de la fábrica de sueños de Cupertino. No fui de los primeros en comprar uno, y de hecho me retrase tanto en comprar el mio que para ese entonces el firmware ya estaba en su versión 1.2 por lo que tuve que aguantarme una pequeña eternidad para poder usarlo como teléfono, y no iPod glorificado.
Todavía recuerdo las palabras que le dije a un amigo, sentados en un restaurante de Ensenada: “Esto lo cambia todo. Es tener Internet en la palma de tu mano” y eso que todavía no se podían instalar aplicaciones de terceros de manera oficial. En ese tiempo “la API era la Web” la cosa más ridícula que había escuchado decir a Steve Jobs. Aquí le faltó visión, o mi propia falta de visión no me permitió ver que ese era el plan desde el inicio. Sea como sea, el iPhone fue el dispositivo que me hizo voltear a ver a Apple de nuevo.
No fue fácil, de hecho su ecosistema cerrado es un gran punto negativo. Pero gracias a la comunidad del jailbreak, es un poco más manejable. Al ver los equipos actuales con Android, superiores en todos los aspectos técnicos, batallar con las animaciones y el despliegue de gráficos confirma la eterna apuesta de Apple de controlar tanto el hardware como el software.
Mi relación con los productos de Apple nunca fue de ciego fanatismo, o deseo incontrolable. Cuando todos morían por Aqua yo deseaba la simplicidad de Gnome 2. Cuando las iMacs y iBooks estaban de moda, yo pasaba mi tiempo libre construyendo mis propias computadoras e instalándones cuanto sistema operativo se cruzara en mi camino. Pero todo este tiempo he admirado el trabajo de una persona que tuvo la visión de llevar una computadora personal a todos los hogares… siempre y cuando tengan los USD $2500 para comprar una MacBook Pro.
El ingenio y las pelotas para llevar tus ideas a cabo siempre va a ser motivo de gran admiración en mi libro. Y por esta razón no puedo más que lamentar la pérdida, y admirar los logros a lo largo de la vida de Steve Jobs.